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Porque, al fin y al cabo ¿qué es el cine sino la expresión más contundente del deseo humano, de esa eterna persecución de algo en la que nos embarcamos? Pero tranquilos, que no nos pondremos filosóficos. Eso es solo para coger velocidad…

Aunque para velocidad, la de los protagonistas de Mad Max. Furia en la Carretera.

La película de George Miller, galardonada con 6 premios Oscar, sorprendió a propios y extraños con una exhibición de tensión y rabia sin igual, que superó con creces las películas precedentes con Mel Gibson.

Tom Hardy y Charlize Theron, o si quieren Max y Furiosa, huyendo a una tierra prometida en un páramo sudafricano desolado, mientras todas las tribus en kilómetros a la redonda se lanzan a su caza y captura. Y es que la extraña pareja lleva un cargamento que es, como poco, valioso, sobre todo en lo simbólico.

A los fans del cine de acción de décadas pasadas les sonará la persecución deBullit.

Es uno de los emblemas del cine de acción, por mucho que si vemos hoy la película que protagonizó Steve McQueen nos pueda parecer demasiado sobria. Pero no así la enorme escena que tiene lugar bien entrado el largometraje, en la que el detective utiliza su Ford Mustang para huir, pero también para perseguir, a los misteriosos esbirros del villano.

Estamos ante una persecución ideal para ver la geografía de San Francisco, en la que prima el sonido real de los coches y la impresión de velocidad, y que por supuesto acaba por todo lo alto, con la enorme explosión de una gasolinera.

La escena de La Roca es harina de otro costal.

Estamos en los 90 y todo es más excesivo y recargado, no hay límites para la imaginación. De modo que metemos a Sean Connery en un poderoso Hummer y a Nicolas Cage en un Ferrari amarillo, con toda la Policía californiana pisándoles los talones, y simplemente observamos anonadados los destrozos.

El accidente de un tranvía, que acaba volando por encima de los edificios, es el punto culminante de un juego del gato y el ratón de más de diez minutos (en el que la mitad del parque automovilístico de California acaba abollado o reventado).

Claro que en realidad precedentes tampoco faltaban. Nos vamos a Nueva York, donde el director de El Exorcista, William Friedkin, ambientó la historia de la archiconocida French Connection.

¿Quién no recuerda el desaguisado que monta el inquisitivo Popeye Doyle (Gene Hackman) en la calle 62 de Brooklyn, a la caza de un sospechoso que huye en Metro. Si hay que meter el coche por la acera, se hace, aunque casi cueste la vida a una madre con su carrito que cruza la calle. Escena mítica, dura y áspera como pocas de las que se hacen hoy.

Porque hablemos claro, las de la saga Fast & Furious son espectaculares, pero también en el fondo, en cierto modo humorísticas.

En su apología del riesgo extremo, los directores de esta serie de siete películas han metido a un tanque por una autopista (como en la sexta), tirado coches en paracaídas, saltado acantilados imposibles (en la última hasta ahora, la séptima) y, por supuesto, competido en las carreras urbanas que dieron inicio a todo en la primera entrega de la saga. Como James Bond, pero más macarra todavía.